25 ago 2009


Ella, aturdida, revisa su placard con el fin de encontrar algún bolso en el cual depositar sus ilusiones. Abre el bolso, las guarda y lo cierra herméticamente, ansiando que nadie pueda abrirlo jamás.Ella es así de sencilla, no suele preguntarse más de una vez qué hacer o qué decir y generalmente pasa las noches escuchando un poco de jazz mientras se acuerda de aquel perfume que últimamente no puede catar. Y ella misma diagnostica el pronóstico que le espera para el día siguiente, sin temor absoluto de lo que pueda llegar a predecir.
Se pregunta, asombrada, cuándo alcanzará la felicidad. No encuentra respuesta.
Vacila unos momentos ahogándose, asimismo, en el silencio. Se resigna a quitarle el olor a encierro a las habitaciones y piensa que quizás alguien pueda estar observándola. Pero no, efectivamente no. La realidad es que nadie la ve. Nadie la quiere ver. Son sólo cuentos que ella misma inventa, casi mitómana, para intentar creer que hay alguien deambulando en su tan inadmisible soledad. Y así continúa en la larga espera de ese regocijo inalcanzable.Suena el teléfono. No espera ningún llamado. Atónita, atiende. Escucha con atención cada palabra y luego obedece al mensaje.Busca en el quinto cajón de su placard y saca el extravagante bolso. Nota que su cierre está casi abierto, pero no le da mucha importancia. Su intriga era primordial.Lo abre. Se encuentra con lo inesperado: una carta. No entiende quién es exactamente su remitente, pero se dirige hacia el lugar pactado. Espera, pero aquel desconocido individuo todavía no llega.Se sienta en un banco que le hace recordar a los cortos pero agradables momentos de su infancia y se distrae en el mismísimo pensamiento. Alguien la toma por la espalda y la sorprende. Inexplicablemente, toda esa soledad se esfumó por completo. Sus gestos no sólo inspiraban sonrisas, sino que además las regalaban. Analía, ahora, podía ser feliz.